Siente la llamada de la Sabana
Que tengas un buen Safari
Estaba en el vuelo de ida a Nairobi, y después de un vuelo de más de 24 horas entre escalas y pitos flautas.
Después de
aterrizar, en ese tránsito eterno hasta que sales del avión, dos kenianos, se
abrazaban efusivamente, (con las pocas energías a su alcance), y se deseaban
buen Safari.
En swahili,
por lo que solo pillé y deduje el resto por contexto.
Y es que
Safari tiene el especial significado de Viaje.
Si es que
si hay algo que unen a la mayoría a los viajeros de Kenia son los Safari.
Con ello,
también hago referencia a la principal compañía de telecomunicaciones del país.
En cualquier esquina de remota de este país del cuerno de África, en la más
profunda esquina rural, te encuentras tiendecitas verdes con rótulos de brocha
gorda que rezan: Safari.
Siempre
que viajamos, tenemos dos Safaris que se complementan: un viaje interno y otro
externo.
El externo
es aquel compartimos todos los viajeros de un mismo grupo, cuando nos exponemos
a una experiencia. El interno depende de como cada uno la procese. A veces, por
mera supervivencia energética del tute viajero, ponemos un poco en pausa la
conciencia sobre todo el flujo interno. Entramos en modo avión y confluimos con
el paisaje que enmarca un sinfín de estímulos sensoriales. Otras veces, en cambio,
necesitamos conectar con la mella interna.
En el caso
de Kenia, como en otros viajes, el Safari interno se va llenando cuál laguna de
la sabana, para brotar con fuerza a la vuelta. Ha estado ahí siempre, tomando
forma, pero toma conciencia en el post viaje.
Ahora, en
este post viaje, me encuentro con mi gato Blaky demandando atención. Y
con esta atención me refiero a los Juegos de Caza.
No puedo
evadirme de la obviedad de su carácter felino. Y digamos que encuentro un
salvoconducto directo al Safari de mis recuerdos, que me teletransporta a un
país 10.000 KM al sur de donde me encuentro.
A un parque
de 22.000 KM2 que es el más grande de Kenia, cubriendo un impresionante 4% de
su superficie. El Parque Tsavo.
También
conocido por el que parque natural
favorito de Obama, que describe y narra en los documentales de Netflix.
Me dejo
embriagar con nuestro conductor, que serendipias de la vida, también ocurre
llamarse Safari.
-
Lets go for the cats!!!
There is a wedding going on.
Y así, a
pesar de la lluvia, porque sí que llueve en la sabana africana, y el cansancio,
nuestros niveles de dopamina subieron a alto voltaje.
Sí que vimos
felinos, vaya que sí.
Hasta osamos
romper la intimidad de una parejita de leones que tomaban la siesta bajo un
matorral haciendo su cucharita.
Lo que nos
quedó pendiente fue el leopardo: felino escurridizo donde los haya. Pero sí te
cuento todo lo demás.
Sin dejarme
atrás el Safari Acuático, de la costa keniana, que pocos conocen.
Pondré el
énfasis en el Safari externo, pero también dejaré entrever el Safari que
acontece en mi interior. O al menos ahora, al resucitar estas memorias.
Después de
más de 30 horas en pie, el karma hizo su trabajo.
Y es que,
¿qué mejor bienvenida a Kenia que dormir dentro de un santuario?
Ya la misma
tarde de llegada, nos embarcamos en un paseíto de introducción a la naturaleza
keniana, un spoiler de lo que nos depararía la próxima quincena.
Este paseo,
lo realizamos de la mano de Kennedy, un guía de la tribu masái que nos contó
como sobrevivió a una noche en el bosque rodeado de fieras en su infancia. Como
una hazaña propia de un reto tribal que nos contemplamos con respeto, este
testimonio fue suficiente para reconocer su merecido superpoder de conexión con
la naturaleza.
Kenia fue lo
suficiente generosa para mostrarnos en nuestro Safari a pie del primer día, una
familia de jirafas: un adolescente, un bebé, y lo que entendemos que sería los
adultos a cargo.
Todos
alucinamos.
Porque, de
repente todos los documentales de la 2, o de Netflix más recientemente,
cobraban vida.
El sol,
entrando en ocaso, ponía fin a un primer día cargado de adrenalina que ponía a
máximo ralentí nuestras expectativas del viaje.
La aventura
acaba de empezar. Después de quitarnos unas cuantas garrapatas, claro está.
Por la
noche, ni nuestros compañeros de cuarto, una familia numerosa de babuinos, ni
la novedosa especie Hyrax, faltaron a su recital nocturno de antes de medianoche.
Si estás en
mitad de un santuario de animales en Kenia, y te topas con un grito femenino nocturno,
mejor logrado que en cualquier película de Hisckot, no te abrumes.
Es el hyrax,
de apariencia castor y de origen elefantino.
Un safari en bici
Antes de
decidir dar el salto a un viaje, se crean ciertas imágenes en nuestra mente que
funcionan como motor diesel para dar el Sí quiero. O gasolina 98, lo que
prefieras.
Una imagen
que me conectaba con el Valor Aventura era la idea combinada de Safari +
Bici.
Bien, hágase
realidad sus deseos.
Como la
mayoría de las veces, la imagen real se complemente con otros sentidos. Con
ellos, el calor del parque protegido este día. La necesidad de llevar en manos
pares, tanto la crema solar como el agua. Gajes de África.
También era
importante, refrescar las nociones básicas de bicicleta.
Porque sí,
un piñón mal puesto, puede hacerte cuesta arriba la travesía. Y es literal.
Cuando le
pillas el truquillo, sólo estás destinado a hacer una cosa: Fluir.
Y en ese
momento, te das cuenta de que te quedas sola, porque no puedes seguir el ritmo
del grupo. Te rindes, decides dejar de mirar el suelo y prestar una visión 360
alrededor tuyo hasta que encuentras la sensación.
O la
sensación te encuentra a ti.
Solo
escuchas tu respiración.
¿Y si
pasa un leopardo por aquí? _ un pensamiento fugaz quiere tomar protagonismo.
Un intento
malogrado de sacarme del presente.
Me percato
de que una familia cebra, orbita de forma relajada junto a una familia de búfalos.
Una criatura extraña, que me recuerda a un pelícano gigante, desfila a unos
metros de este mejunje de manadas.
La atención
está abierta a todo lo que naturaleza provee.
Hasta que se
focaliza.
Me doy
cuenta de que una cebra me observa desde la distancia. He pasado a ser una de
las especies más que son escrutadas ese día.
También
percibo la insignificancia de mi ser, de esa vulnerabilidad de ser una más en
ese ecosistema sagrado perfecto.
Silencio.
Cargado de
magia y vida.
Porque estos
no van reñidos.
Es ese
silencio el que permite canalizar la vida y la magia, a fin de cuentas.
Un equilibrio perfecto
Hay un
lugar, donde los sonidos de la naturaleza desbancan a cualquier video relajante
de youtube.
Especialmente,
a la hora de dormir.
Cuando nos
colocamos al margen de la partida que la naturaleza juega de forma perfecta.
Porque somos
una especie más.
Cuando el
silencio de nuestros diálogos incesantes se ponen pausa, la rendición completa de
nuestro cuerpo y ser, es la consecuencia natural.
La rendición
a lo que es.
A una
sinfonía libre de dirección de todos los animalejos e insectos que encuentran
ponen en juego a la luz de las velas todo su fervor.
¿Cuántas
ranas pueden estar coreando?
Parecía un
concierto infinito, en el que nuestra conciencia se cuela de forma intrusiva.
Y al final,
no te queda otra que elegir: ¿dormir o seguir escuchando esa sinfonía nocturna?
Y decides
ponerte los tapones, para ser algo de persona al día siguiente.
El safari,
que pasa a ser auditivo a visual.
Una forma divertida de encarar la expedición antes subirnos al Land Rover, es la búsqueda de los Big Five.
¿Quiénes
son los Big Five?
Leones,
leopardos, rinocerontes, búfalo y jirafas.
Con este
objetivo de fondo, ambicioso donde los haya, nos embarcamos. Ambicioso, ya que
los rinocerontes, brillan por su ausencia. Esto es debido a que se encuentran
en el top del ranking de los animales en peligro de extinción.
Y los leopardos suelen ser bastante escurridizos.
Pero el Parque
Tsavo, ofreció un sinfín de especies como recompensa.
Familias de jirafas, cebras, búfalos, gacelas, antílopes y un porfolio al completo de más de 3.000 aves, enmarcaron la experiencia de estímulos variopintos.
Cada animal,
cuenta con su equipo al completo de equilibrio natural. Su propio pajarito
desparasitador, como no mencionar la importancia de su labor.
Los
carroñeros, dejados como los villanos de la sabana muchas veces por Disney,
esperan pacientes para desplegar sus dotes de limpiadores de la Pacha Mama.
Los leones,
a su bola, románticos donde los haya, cuyo ritual de apareamiento viene con una
serie de preliminares cargados de romanticismo. Atestiguamos todo el proceso
como un tío lejano al que nadie ha invitado a la boda. Un ritual que dura una
semana, durante 24 horas, 3 veces al día.
Montañas de
tierra, cuya apariencia teletransporta a un recreativo de topos saltarines que
salen de agujeros, vienen a traer a la conciencia la existencia de las termitas.
Los hierbajos que crecen de estos agujeros sirven de alimento a las jirafas.
Los elefantes, siempre en comunidad, nos encaran cuando nos situamos cerca. Con sus crías, que nos provocan un tierno “ohhhh”, siempre entremedias de adultos, como criaturas vulnerables que deben ser protegidas del mayor depredador: el humano.
Un paisaje
salpicado de elefantes, búfalos, cebras y jirafas, que parecen compartir el
espacio, certeros de que son compañeros de menú.
Una armonía
perfectamente improvisada.
El muestrario de vegetación del parque tampoco decepciona, salpicado de árboles Baobab. O los que comúnmente se reconocen como el árbol de la vida. Los baobabs, con poderes medicinales en su saca, se colocan en el podium de los árboles más bellos del planeta según cuenta una antigua leyenda africana.
Se alzan en exclusivas regiones de África y Australia, pudiendo disfrutar de una longevidad privilegiada de 1500 años.
Cuando
conectamos con los reconocidos “Árboles de la vida”, a todos se nos dibuja una
sonrisa mal disimulada. Y es que estos se han convertido en un símbolo de
esperanza, crecimiento y sabiduría. El reflejo de un camino espiritual
prometido que nos devolverá sus frutos creativos.
El rojo
intenso de la tierra del Tsavo me saca de mi embelesamiento. Más polvo que tierra, esta arena maquilla la
piel de las diferentes especies que comparten el parque. De hecho, las cebras
lucían con rayas rojas y negras, así como los elefantes, parecían lucir el
último grito de moda en una gala de rojo estelar.
Es cierto
que existe algún área más árida que recuerda a los campos de Castilla la Mancha
y Andalucía. Pero el verde de la vegetación es abundante, en honor a la época
de lluvia que presenciamos en sus últimos coletazos. Verde y rojo se funden en
una estampa de gamas que se atesoran en nuestras retinas para el fin de los
tiempos. Es este el anclaje principal de los colores paisajistas de nuestra
experiencia.
El barro
también forma parte de la época de lluvias, y bien que lo sufrió uno de
nuestros conductores. Menos mal que el compañerismo brilla por su esencia y los
conductores se echan una mano en este tipo de faenas que constituyen uno de los
gajes del oficio. Porque…a ver quién es el listo que puede sacar un Todo
Terreno Safariano cargado de gente de lo que parecía unas arenas
movedizas de rojo infernal. Todos mis respetos.
Volvíamos a
nuestro hotel para seguir viviendo la magia de la sabana.
Nuestra
cerca del hotel nos distanciaba a metros vista de un desfile eterno de especies
que por allí pasaban. Principalmente para beber agua de las lagunas
colindantes.
No es
necesario ni poner un pie fuera del alojamiento. Saquen sus palomitas,
relájense, y no esperen demasiado
El
espectáculo está asegurado.
Tuvimos un
original encuentro con unos de los vigilantes de fieras del hotel.
Sí, de
fieras.
¿Por qué si
acaso hay carteles en la habitación en los que se nos pide estar alerta con los
leopardos de las instalaciones?
¿O que
cerremos las ventanas por los babuinos que se pudieran colar?
Este rol de
vigilante nocturno adquiere mucho sentido.
Con su
linterna, nos alumbra lo que parece ser un ojo de león detrás de un matorral
cercano. Eso explicaría el círculo de gacelas que permanecen en un círculo de
terror, acudiendo al poder del grupo como método de supervivencia. Y es que la
unión hace la fuerza.
Puede que
pensaran que el león pululante poca gana tiene de acercarse al humano. De esta
forma, permanecen en un corro de terror pegado a la cerca que nos separa de
nuestro aperitivo de tardeo.
Otros que siempre circulan en comunidad, son los elefantes. Lo que parece ser una familia, con sus correspondientes crían, deambulan a escasos metros de nuestra mesa, para abastecerse de su dosis de agua diaria. En silencio, certeros de sus necesidades fisiológicas y sin demasiado lío, vienen, beben, trompean el agua y se van a otro lugar. Seguramente donde pueden vivir con más intimidad, sin ser fotografiados por esos seres humanos cotillas.

























































