No sé si este viaje estaba en mis cartas.
Al menos no en las de un universo
paralelo en el que el COVID suena a marca de coche de segunda y el 2020 es solo
fruto de un mal sueño.
Pero como dice un proverbio
chino: “El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir
al otro lado del mundo”.
Solo que esta vez el aleteo ha
sido un virus mortal que ha decidido dar la vuelta al mundo.
Arma masiva de malos malísimos,
una mutación de un hongo o un bicho que se ha escapado de las profecías de
Nostradamus, ¿qué más da?
El caso es que nos ha
condicionado nuestra vida. Nuestra perspectiva. Nuestras prioridades…
Y como no, también nuestro umbral
vacacional.
Por eso ahí estábamos:
Dos malagueñas ansiosas por
comerse el mundo, o los restos que quedan a nuestro alcance, un día cualquiera
de julio del año 2021.
Cambiando el avión por un Peugeot rojo con el último grito de fondo (me sorprendí de lo out que estoy del mercado musical desde la clausura covidiana), nos embarcamos en un viaje de 1.000 kilómetros rumbo a nuestros Alpes Ibéricos con destino:
v Un retiro espiritual en ese lugar en el que crees rozar las nubes cada mañana…
v … en ese rincón de la montaña en el que no sabes si vives o sueñas…
v … donde la naturaleza se desnuda en su máxima gracia y tú sólo puedes rendirte a su magia…
En nuestro caso empezó con 3.
Antes de reunirnos con el resto
del grupo en el Parque Natural de Ordesa y Monte Perdido en la cordillera
pirenaica, fuimos explorando algunos rincones aragoneses.
Teruel existe y
sus amantes también
En muchos libros de crecimiento
personal podemos leer lo necesario que es fluir.
Fluir tanto como el agua que
acaricia el manto del cerro más alto.
Y también sabemos que como mejor
se aprende es en base a la propia experiencia.
Así que ahí estábamos nosotras,
como estudiantes top: poniendo en práctica lo que predicamos y
reservando el alojamiento en el que pasaríamos noche a una hora vista.
Simple, rápido y sin distreses.
El milagro de los buscadores googledianos.
He de confesar que esa misma
mañana decidimos parar en Teruel. Las maravillas del fluir…
Teruel existe sí.
Por eso saboreamos un cafelito
con hielo por mi parte en la plaza del Torico.
Mientras mi amiga me narraba las
historias de su familia en esta ciudad diminuta, yo me remontaba aún más en el
pasado.
Destaca en la plaza turolense más famosa la
personalidad moderna de algunos de sus edificios: medievales, con un estilo
pintoresco. Más tarde, cual ratón de biblioteca, descubrí que Teruel es la
ciudad de Aragón con la arquitectura más modernista.
No quiero aburrirte, te
dejo este
enlace si quieres saber más al respecto.
Con el modo love is in the
air que todo romanticismo retro resucita, seguimos con nuestro paseo turolense
en el Mausoleo de los Amantes de Teruel.
¿Leyenda o Historia?
Más bien un enigma. Eso dota de
más misterio a este episodio de amor enrevesado en el que los amantes por no poder
estar juntos prefieren morir y probar suerte en el más allá.
Como Romeo y Julieta, pero con un
toque a la española.
Lo que sí prometo es que vimos
sus momias. Envueltas en sus sarcófagos de mármol, una al lado de la otra, los
enamorados restan en un amor eterno.
¿Sientes envidia o escalofríos?
Yo la verdad que más que nada asombro
cuando descubrí sus restos en reposo.
Monasterio de
Piedra y Colas de Caballo acuáticas
En el siglo XIX se traspasaban
fronteras para fines más perversos que el meramente turístico. Un ejemplo de
ello fue durante la Guerra de la Independencia, cuando un ejército francés saqueaba
la abadía que se encuentra en la Comarca de Calatayud y que hoy conocemos como
el Monasterio de Piedra.
Pero no es todo piedra lo que
reluce y al otro lado de la fortaleza que aún se levanta, un canto de cascadas
se abre paso entre las estatuas decapitadas.
Y como Elisa en el bosque de la
Maravilla Fluvial, seguí el sonido del impacto del agua sintiendo las
partículas que iban danzando y perdiéndose entre senderos a través de una suave brisa
veraniega.
Este oasis aragonés permite una
tregua de los rayos UVA, por la frondosidad de sus árboles centenarios y la
humedad del lugar. El sonido del agua en cascada atrapa con un protagonismo que hace que
se detenga el tiempo.
Para maximizar este efecto de flujo, te
recomiendo dejar todo reloj en el coche 😉
La naturaleza tiene este efecto embriagador en mí: me rindo al presente y me olvido de que estar allí forma parte
de una agenda vacacional.
Simplemente soy. Sin ese TicTac
incesante que me arrastra en el pulso de mi vida diaria.
Saltos de agua, cascadas,
cataratas, colas de caballo, de burro, de pony y de gato.
No importa.
Los fluidos toman diferentes tamaños para captar la atención de todo visitante que se precie.
Pero tengo que confesar que hubo
un rincón bordado de magia.
Tras acompañar la caída de la
Cola de Caballo (la catarata más alta) con las escaleras contiguas, los
arquitectos del parque nos han obsequiado con la joya de la corona.
Sin esperarlo, nos topamos frente a frente con la voluminosa caída del agua de la imponente Cola de Caballo (del
dios Zeus mínimo) por la parte trasera.
Tímidas, conscientes de
interrumpir un espectáculo natural íntimo, contemplamos la expresión de la Pacha
Mama mientras nos dejábamos llevar por un chute de energía. Y también amor…
Amor hacia la vida, hacia lo
sagrado, hacia aquello que es y no está manipulado aún por la zarpa humana…
La esencia de la Madre Tierra
compensó nuestro entusiasmo y disfrutamos de un abanico de colores gracias al
arcoíris que en ese instante formaba parte del decorado.
Rodeadas de la conexión con todos
los elementos, danzamos.
Agradecimos. Gritamos.
Mientras la lluvia de las
partículas que se dispersaban en la caída nos acariciaba previamente a su
colapso.
Namaste Monasterio de
Piedra.
Paradas escala y
el entretiempo viajero
Aunque pueda sonar a cliché, un
viaje tiene su comienzo, su fin y muchas horas de camino. Lo que llamo el Entretiempo
Viajero.
¿Cómo disfrutar de este tiempo
trámite?
Yo lo incluyo como casilla de partida de mi ruta viajera. No como previaje ni puesta a punto ni nada de eso.
Ya es el viaje.
Con esta filosofía de
#AmoHastaLaParadaEnLaGasolinera, decidimos realizar alguna parada técnica hasta
llegar a nuestro destino en los Pirineos Aragoneses.
Zaragoza nos acogió para
tomarnos un gran desayuno (al menos cotizado estaba oye), con vistas a
la Catedral de Nuestra Señora del Pilar.
Quien no se consuela es quien no
quiere y nosotras así quisimos cuando descubrimos que la basílica había cerrado
diez minutos antes de nuestra llegada.
Y así habrá que volver, pensamos.
Después de estar un rato haciendo
cábalas sobre el estilo arquitectónico de su fachada y tras paseos varios por el
casco antiguo, llegó la hora de retomar la carretera y manta.
Aínsa y sus murallas fue la
siguiente de las apuestas. Una inversión a riesgo 0, que ni el Bitcoin en
sus mejores tiempos.
Forma parte de esos pueblos de
catálogo de avión que prometes ver algún día mientras echas un vistazo a la
ventanilla…algún día de estos en los que no pueda salir de España escopetada.
Bueno al lío, pues llegamos a
Aínsa.
Básicamente me quedo con 3
postales de esta villa de entrada a los grandes cerros de Ordesa:
- v Sus grandes murallas medievales, que te hacen teletransportarte del sueño alpino al marroquí en un pispas.
- v La confluencia de sus dos ríos, que te permite refrescarte tras la subida al castillo que corona la ciudad (te prometo que en el norte también hace calor…).
- v La adrenalina que transmiten los escaparates de las agencias de aventura. Ya sabes, decorados de gente feliz pasándoselo genial con esa sensación de estar a punto de abrirse la crisma y que son la sal de estas actividades.
Nunca dos calles han tenido más
chicha.
Y nunca el marketing ha hecho
tanta justicia…
Tierra de
reencuentros: Monte Perdido y Ordesa
Una vez atravesada la puerta de
entrada a Monte Perdido y Ordesa (básicamente Aínsa y pueblecitos de alrededor
varios), el paisaje se vuelve más curvilíneo y verdoso.
“Casas de Zapatierno”-
rezaba una señalización de madera en una discreta subida empinada.
1.050,2 kilómetros más tarde,
llegamos al final de las paradas del GPS.
No me contradigo si digo que el destino, no sólo el camino, después de tanta curva también importa.
Las Casas de Zapatierno forman un
enclave de cuento.
Heidi estaría muy orgullosa de
nuestra estancia. Es verdad que no encontramos a ningún Copito de Nieve por ninguna
parte, pero a nuestro favor contábamos con un servicio de cocina qué más
quisiera el abuelo.
Aunque es verdad que hasta una
pizza congelada hubiera sabido a resurrección en el paraíso, lo cierto es que me
costó volver a mi rutina sin esos manjares que teníamos por comida.
Nunca pensé que podría ser tan
feliz siendo vegana por una semana. Hasta este retiro.
Las infusiones post-comida
de hierbas recién recopiladas mientras dulcificaba mi vista con la
estampa natural me evocaba a momentos de mi infancia.
Momentos de sencillez, de calidad
humana, de conversaciones hechas de alma a alma.
Dejando nuestros miedos en casa,
el retiro espiritual se presentaba como un remanso de paz a tiempo completo.
Las rutas Mindfulness que recorríamos
cada día, los minutos de meditación mañaneros, el placer de las recetas
aliñadas con cariño y esmero, huequecitos reservados para conectar con nosotros
mismos en la siesta…
¿Quién podría pedir más?
Rutas de Senderismo Consciente
Tres fueron las rutas que recorrimos a pie por el Parque de Ordesa.
Cada una tenía su encanto, aunque el efecto embriagador del primer día lo recuerdo de forma especial.
El Valle de Borrosa, una ruta
inicial para poner a punto nuestros gemelos engarrotados después de tanta carretera.
Desde el primer paso, un mosaico
de flores de toda la gama de colores competía por captar nuestra mirada.
La naturaleza tiene ese poder que hace que la conexión con tu ser resulte inmediato y natural. No obstante, este efecto pudimos potenciarlo con las rutas de senderismo consciente.
Durante las
mismas, mantuvimos el silencio y el compromiso personal de concentrarnos en el
presente, de mantener la atención en los estímulos sensoriales del sendero.
Las sensaciones durante
nuestra ascensión al Pico del Cuezo también fueron remarcables.
Y que es que lidiar con unos
bastones nuevos, con rocas de tacto serrado a la vez que no dejas escapar
ningún detalle a la vista es puro arte.
Las rutas de senderismo son como
los viajes, no hay experiencias iguales.
En esta segunda batida,
experimentamos todo tipo de superficies: desde valles abiertos que alojan a un
manto floral multicolor de lo más exótico a pendientes entre bosques alpinos
que evoca a una estampa más propia del Camino de Santiago.
Visitar el Pirineo Aragonés fue un
manjar para nuestra vista.
Representan unas coordenadas que
recogen una amplia diversidad de flores y plantas milenarias de todo tipo. Las
hay medicinales, en peligro de extinción, alpinas, de gran decoro e incluso mortales
para un senderista despistado.
Mi gama colorida favorita abarca
desde tonos púrpura a rosados, con las que la pequeña botánica que llevo dentro
(y que dormía en paz hasta ese momento) resucitó para estar en su salsa.
Particularmente me llamó la atención
la flor morada con forma de estrella, que es característica de valles y montañas
de la zona. He encontrado este
blog muy chulo que habla del encanto de la flora pirenaica ya que la verdad
para mi es un mundo desconocido.
Volviendo al Pico del Cuezo,
aunque se trata de una ruta catalogada como “moderada” por las aplicaciones
digitales, la última parte se resiste.
Como si de la cima de un volcán
se tratase, la cumbre se presenta tras haber estado un buen rato experimentando
un desnivel considerable. Una vocecilla dentro de ti te apremia: venga ya está
ahí, tu mirador premium al alcance de cuatro zancadas, sólo un poco
más…, intentando generar a duras penas la dopamina necesaria para pegar el
último acelerón.
Y no te engañabas a ti mismo.
En la cumbre del pico, además de
recuperarte, saboreas la recompensa: una visión 360º de los valles y picos que
rodean a la montaña.
Las vistas no defraudan.
Las nubes que abrazan las puntas
del resto de montañas escarpadas nos sugieren que estamos cerca de los 2.000
metros de altura.
Y en este instante, mientras
contemplas la ladera cubierta de pinos en un paraje único, en el que tomas
consciencia de nuestra vulnerabilidad como seres en el ecosistema de la Madre
Tierra.
Durante el proceso de
contemplación, no perdíamos consciencia de la fauna autóctona: desde los
quebrantahuesos que alzan el vuelo en busca de una nueva presa a las marmotas
que recorren los bosques.
No hay vida sin muerte como no hay principio sin fin.
El ciclo de la vida ya lo aprendemos en el Rey León, ya que es palpable completamente en la naturaleza. En este sentido, fuimos testigos del pastoreo
de las vacas en la alta montaña durante nuestra excursión en Land Rover en “donde
Heidi perdió a su gatito”. Esto se debe al ciclo estacional, permitiendo a los
ganaderos ganar tiempo para la siembra de su propia hierba que proveerá al ganado bovino durante los meses de frío.
Siguiente parada: viaje a nuestro interior
Como un complemento natural a nuestras
rutas de senderismo mañaneras, disfrutamos diariamente de espacios de
contemplación y conexión.
Digo natural porque ni siquiera
se requiere un esfuerzo adicional para lograr esos momentos de presencia en los
que nuestro charlatán interior pasa a mejor vida y logramos dejar de lado las
preocupaciones del día a día.
Bastaba con dejarse caer en una de las tumbonas o hamacas de árbol desperdigadas por el valle en el que se encuentra la casa. Sin importar donde dirijas la mirada, siempre encontraras una postal de cuento.
No obstante, aprovechamos la paz
que brinda un retiro espiritual y participamos en clases de Yoga, Coaching
Espiritual y clases de Eneagrama.
Para mí los retiros son mágicos, cada uno a su manera.
Me permiten conocer a personas extraordinarias y únicas. De esas que son difíciles de descubrir con el huracán de nuestras rutinas.
Personas valientes que comparten
sus miedos y alegrías desde su autenticidad, a corazón abierto después de haber
dejado sus miedos en casa.
Se trata de espacios de conexión
humana y de confianza, en el que ser tu mismo es premiado con miradas de amor y
comprensión.
Los viajes transformacionales forman familias que trascienden el tiempo, el espacio y atraviesa nuestros corazones para siempre.
Byebye Heidi en Escalona
y Labuerda
Como en todo bloque vacacional,
tengo la necesidad de cerrar con una guinda personal adaptada 100x100 a mis
necesidades y a mi mood del momento.
En ocasiones esta guinda ha
venido disfrazada de días de abandono total en la arena de alguna playa a mano
mientras recupero mi energía tras todos los acontecimientos
vividos. En otras, una novela entretenida y de no mucho esfuerzo neuronal ha
cumplido su función.
No es que hubiese un arsenal de
opciones en esta ocasión. Así que decidí sentir mi cuerpo y reposar mi mente in
situ, acompañada de mi preciada soledad en un itinerario conveniente.
Básicamente, fui pasando por
pueblecitos que me conducían a una Huesca que, mejor comunicada, me permitía
regresar a mi hogar sureño.
Durante mi retiro espiritual
individual me beneficié de los privilegios de estar sola: conexión más real y
auténtica con la naturaleza, huecos de rendición total al presente encima de
una roca, en el rio o donde encartase, y mucha depuración emocional.
Gracias a mi entorno por
empatizar con mis necesidades de aislamiento he podido disfrutarlo mucho mejor.
Estos tres pueblecitos que
anteceden a Monte Perdido me sirvieron como bálsamo relax. Con unas cuantas casas recubiertas de
fachadas empedradas y tímidos balconcitos, 10 minutos es lo que se necesita
para recorrer el pequeño núcleo de estos pueblos / aldeas.
El mismo tiempo que se tarda en
acceder al rio o a un sendero de inmersión natural plena.
Especial mención a las torres de
las iglesias o capillas de antaño que decoran estos pueblecitos y le dan un
toque medieval muy logrado.
Además, quiero confesar que quedé cautivada la política urbana de transportes de toda esta zona pirenaica. El hecho de ir como un caracol de cargada no evitó que apreciara la protección medioambiental que emprenden con su medida de mantener únicamente un servicio de autobús por día.
¡Ole por esas regiones que no sucumben a la prostitución turística!
Barbastro o la
cuna de la Corona de Aragón
Barbastro fue mi ciudad de
acogida por tres días.
¿Por qué Barbastro?
Bueno, porque me venía a mano, ya
que surgía como parada lógica en mi camino hacia Huesca.
Esta razón junto a las cuatro
fotos de Google que entraron por el ojo hizo que me refugiara en la capital del
Somontano.
Resulta justo reconocer la
importancia de Barbastro en términos de historia. Y es que Barbastro fue nada
más ni nada menos que la cuna de la Corona de Aragón.
Sí, lo que oyes. Esta urbe que puede ser eclipsada por el atractivo de los Parques Naturales con los que conecta, ha tenido una gran relevancia en las memorias de España durante 600 años.
Previamente a la unión de Aragón a
la zona levantina que hoy conocemos como Cataluña, Barbastro ya había logrado un pódium
alto en los escritos.
Barbastro fue un precedente de
las Cruzadas Cristianas, debido a la operación orquestada por el Papa Alejandro
II en el siglo XI. Esto supuso la caída de los guerreros musulmanes a favor de
miles de guerreros europeos procedentes de toda Europa.
Evidencia del asentamiento
musulmán en Barbastro podemos contemplarlo en su barrio de callejuelas
laberínticas y su minarete (o torre de mezquita musulmana) que se encuentra en
el conjunto de la catedral.
¿Una torre musulmana en un
emplazamiento católico?
Todo es posible si la torre se
encuentra en el interior de un campanario por el que fue sustituido tras la
reconquista durante la Edad Media. Hoy
en día es posible visitar el interior para apreciar esta otra torre interna que
salvaron de la demolición. Eso sí, se deberá esperar a tiempos no covidianos.
En la medida de lo posible, intento hacer partícipes a mis seres queridos sobre mis aventuras por el mundo.
No obstante, hace tiempo que intento identificar algún detallito que sea
exclusivo de la zona y que se escape de las garras de la globalización. En esta
ocasión me decanté por las flores de Barbastro: unos bizcochitos totalmente
naturales hechos de almendra, huevo y azúcar. El feedback ha sido
delicioso, sólo puedo decir eso.
Fin de viaje e inicio de la expansión
Toda expedición llega a su fin en
algún momento.
Pero ¿en qué medida esto es
cierto?
Un viaje en grupo en un destino
nuevo impacta en nuestro subconsciente con una ráfaga de novedades imposible de descifrar en tiempo real. Por ello, considero que gran parte del
crecimiento de la aventura no se produce in situ, sino al cabo del
tiempo.
Más allá de su fin en el plano
físico, píldoras de aprendizaje nos bombardean durante el post-viaje en forma
de sueños, reflexiones, momentos eureka y revivencias emocionales.
Así que, en vez de considerar el fin de un viaje como el inicio de un síndrome postvacacional o de vuelta a la tediosa rutina,
¿por qué no lo vemos como un Continuará?
Muchas gracias a todos los compis
de viaje que han formado parte de esta experiencia única y de todos los
aprendizajes que facturo en mi maleta.
También a las personas que con su
trabajo han hecho posible este reencuentro de personas especiales: Viajes
Transformacionales por la organización, Casas de Zapatierno por la acogida y a la vida por permitirme haber experimentado esta aventura desde la magia.
Hasta pronto Pirineos.
Namaste






















































